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TRADUCTORES, TRAIDORES Y ESTAFADORES ¿A quién traiciona el traductor? ¿A quien escribió la obra que está traduciendo, o a quien lee esa obra una vez consumado el hecho? Probablemente la traición sea doble, pero la existencia de ese traductor es un mal necesario e inevitable. Aprender ruso para leer a Dostoviesky o a Tolstoi, Japonés para leer a Akutagawa o a Oé, Inglés para conocer a Poe, Shakespeare, y la lista podría seguir, es virtualmente imposible. Puede ser que la traducción que más circula de En Busca del Tiempo Perdido no sea la mejor, pero la obra perdura y se sobrepone a la traducción. Puede ser que Borges se haya tomado ciertas libertades al traducir a Faulkner, pero Faulkner sigue siendo Faulkner, y la fuerza y genialidad de su obra se percibe más allá de que en algún cuento haya algún final cambiado. ¿Cuál sería el problema, entonces, si se puede aceptar esa doble traición del traductor? El problema surge cuando quien lee la traducción conoce (Y entiende) el texto original. El problema se agudiza cuando quien entiende algo del idioma original, está ante una edición bilingüe. El problema empeora cuando el libro que se tiene en las manos es de poesía. Antes de graficar con ejemplos lo que estoy sosteniendo, creo necesario dejar en claro una postura personal: La importancia de las palabras no decae si estamos ante una narración, y el principio de literalidad debe cumplirse (Dentro de las limitaciones que cada idioma otorga) de la manera más fiel posible. Pero estimo que ante un poema ese principio de traducir lo más fielmente posible debe ser algo así como un Mandamiento. Quien traduce un poema está ante una dificultad insalvable que es la que, paradójicamente, da más libertad al traductor: La métrica y la rima. Traducir cualquier poema o soneto con la misma métrica y la misma rima, y ser literal, resulta imposible. Lo mismo ocurriría si solamente nos preocupara la métrica. Esa imposibilidad otorga, entonces, la mayor de las libertades: Traducir en la forma más literal posible, sin pensar en métrica y rima, casi como si fuera un relato o una novela. Sin embargo, contrariamente a lo que aquí sostengo, parecería ser que quienes traducen versos se sienten más inclinados a sacrificar cierta textualidad a favor de que los versos rimen, o tengan la misma métrica. Ejemplos de lo que digo serán expuestos en este artículo. Eso es aún más forzado y violento que el acto de traducir. Volviendo a la pregunta original de este texto, ¿A quién traiciona el traductor?, encontramos una respuesta casi inmediata y que ya ha sido dada: al autor de la obra y al lector. Además de los problemas que puede encontrar quien conoce la obra en su idioma original, existe otro problema aún peor: Cuando además de un Traidor, estamos ante un Estafador. A continuación voy a graficar con ejemplos lo que quiero exponer. La obra elegida es el soneto número XVIII de Shakespeare, y dado que voy a citar tres autores con sus nombres y apellidos, creo justo y hasta ético presentar mi propia traducción de dicho soneto. No quiero imponer mi traducción como ejemplo, si bien la realicé siguiendo mis propias convicciones en el campo de la traducción. El soneto de Shakespeare, en inglés: Shall I compare thee to a summer's day? Thou art more lovely and more temperate: Rough winds do shake the darling buds of May, And summer's lease hath all too short a date: Sometime too hot the eye of heaven shines, And often is his gold complexion dimm'd; And every fair from fair sometime declines, By chance or nature's changing course untrimm'd; But thy eternal summer shall not fade Nor lose possession of that fair thou owest; Nor shall Death brag thou wander'st in his shade, When in eternal lines to time thou growest: So long as men can breathe or eyes can see, So long lives this and this gives life to thee.
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